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A vueltas con la violencia. Revueltas en el siglo XXI.

  • Aitor Diaz-Maroto Isidro
  • 14 abr 2021
  • 5 Min. de lectura

Son muchos los ejemplos que, desde el pasado 2019, nos están mostrando que esta nueva década que estamos iniciando ya venía calentándose a fuego lento. Chile, Argentina, Colombia, España, Estados Unidos, Francia, Alemania, Países Bajos, Bélgica, Hong Kong, cada vez son más los países que parecen compartir un elemento en común (más allá del maldito virus que nos mantiene en un estado de alerta permanente ante cualquier cosa): las protestas violentas. Según Donatella Di Cesare, “Es el tiempo de la revuelta” (Di Cesare 2021, 9). Sin querer rechazar el punto de partida del último ensayo de esta prestigiosa filósofa, yo no diría que estamos ante el tiempo de la revuelta, si no que estamos ante el tiempo de la revuelta violenta. Pero, un momento, ¿no es la revuelta, por sí misma, violenta? Es más, ¿qué entendemos por revuelta? Así, de manera muy somera, podemos considerarla como una explosión espontánea de un determinado grupo de personas, en un determinado lugar y momento, que se caracteriza por una violencia generalmente de baja intensidad. Igualmente, las revueltas siempre se encuentran ligadas a algún tipo de conflicto social, político, económico, étnico, etc. Autores como González Calleja (González 2016) no dudan en introducir las revueltas o motines dentro de sus propuestas de violencia política y, desde estas líneas, no buscamos contradecir tampoco a estos consagrados investigadores. Simplemente consideramos que, antes del citado año 2019, la mayoría de las revueltas seguían una línea muy marcada y heredera de un fenómeno político-social muy concreto: la ola de indignados y las Primaveras Árabes del periodo 2010-2012.


Como ya mencioné en otro artículo (Díaz-Maroto 2019), estas movilizaciones supusieron un cambio de paradigma a la hora de interpretar la revuelta: comenzaba así a considerarse que esta podía llegar a ser mayoritariamente pacífica, sin derivar en grandes disturbios, enfrentamientos con la policía antidisturbios o acabar con una catarsis de saqueos sin control. Esto parecía ser el punto en el que se basaba un planteamiento que sobrevolaba por encima de muchos especialistas que argumentaban que la ciudadanía comenzaba a comprender que la lucha pacífica en las calles podía acarrear más beneficios que el incendiar una ciudad durante una o dos semanas. No señalo con estas afirmaciones que hubiesen desaparecido las protestas y revueltas violentas. Nada más lejos de la realidad. Solamente indico que parecía o quedaba la sensación constante de que estas eran minoritarias y, en algunos casos, se circunscribían a determinados grupos organizados y que se dedicaban en exclusividad a este tipo de violencia de baja intensidad.


Sin embargo, a partir de 2019 (aunque ya se observaron previamente otros casos como el de las Marchas por la Dignidad de 2014 en Madrid que empezaban a hacer saltar algunas alarmas), se ve un cambio radical en la manera de protestar que ciertos sectores de la sociedad utilizan en las calles de medio mundo. Y es que la violencia, el enfrentamiento directo con la policía y los disturbios han vuelto a la primera plana de todos los medios de comunicación porque se están convirtiendo en lo habitual en muchas protestas, al menos en Europa occidental y Estados Unidos. Raro es el caso de alguna movilización en el día a día de nuestras sociedades que no acabe derivando, por una causa u otra, hacia actos violentos o disturbios (de mayor o menor calado, pero presentes, al fin y al cabo). Ejemplos como los disturbios de Barcelona de hace unas semanas, los que vivió Bogotá hace unos meses o los que se vivieron a raíz del asesinato de George Floyd en manos de la policía en Estados Unidos, son cada vez más frecuentes. No puedo evitar señalar los disturbios que, con motivo del desalojo de una fiesta ilegal en Bruselas, se desarrollaron hace una semana. Otro ejemplo podría ser el ya famosos asalto al Capitolio de los Estados Unidos en enero de este mismo año. En definitiva, la revuelta ha cambiado de sentido: ya no es mayoritariamente pacífica, ahora es mayoritariamente violenta, como se puede observar con un simple vistazo en la web ACLED donde se recogen los datos de todas las acciones relacionadas con violencia política en todo el mundo (incluidos los disturbios y revueltas)


Si partimos de esta premisa en la que decimos que la violencia comienza a hacerse cada vez más patente en la relación entre la sociedad, la calle y la policía, está claro que, de fondo, también está el factor de la polarización política, un fenómeno que, en los últimos años, ha ido creciendo de manera exponencial. O estás conmigo o estás contra mí. Sin embargo, debemos añadir a esta posible explicación de la radicalización de las protestas y movilizaciones un enfoque más para, desde este punto de vista, tener un análisis mucho más amplio: la frustración. Y este fenómeno tiene mucho que ver con la pandemia de Covid-19. Por enésima vez, una generación joven excesivamente preparada y a la que el mercado laboral no parece poder absorber se enfrenta a una nueva crisis económica que va a mermar sus perspectivas de vida. A esto hay que añadir las duras restricciones y el súbito cambio de vida que supuso la entrada en juego de la pandemia allá por marzo del 2020. Si juntamos estos ingredientes, el cóctel final suele ser el de la desesperación y una indignación que roza casi con la idea de “no tengo nada que perder y sí mucho que ganar”. Igualmente, diferentes temas relacionados con la política (el auge de la extrema derecha a nivel mundial, la gestión de la pandemia y la crisis económica subsiguiente, y un largo etcétera), llevan a ciertos sectores de la juventud a volver a plantearse la necesidad de hacerse escuchar a través de la violencia. Algo con lo que se puede estar más o menos de acuerdo pero que comienza a convertirse en una “nueva normalidad”.


¿Es el tiempo de la revuelta, como señala Di Cesare? Sí. ¿Es el tiempo de la revuelta violenta? También. Cuanto antes nos hagamos a la idea, mucho mejor. ¿Esto generará más problemas? Y de mayor envergadura, sin duda alguna. ¿Se puede canalizar esa frustración de alguna forma? Los partidos nacidos de la frustración de los movimientos de indignados no parecen haberlo conseguido. ¿Lo ha conseguido la extrema derecha o derecha alternativa? Tampoco. Allá donde ha ganado, la polarización y la frustración han seguido escalando. ¿Es un problema global? Sin duda. Nadie parece salvarse de esta nueva oleada de revueltas violentas. Desde luego, la única conclusión que tenemos clara es que el debate está más que servido. ¿Cómo se puede solucionar esta deriva? Esta es, quizás, la única y verdadera pregunta del millón.


Bibliografía

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